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OPINIÓN

23 de abril de 2021

Para el hambre sí hay vacunas

El Estado debe asistir a diez millones de personas con dificultades para alimentarse en un país que produce alimentos para más de cien millones. ¿Cómo se explica?

“En la Argentina nadie pasa hambre”. Con esta frase escuchada hasta el cansancio crecieron varias generaciones. Y no era ninguna “fake news” porque se ajustaba a la realidad de un país generoso que pese a mantener desigualdades desde la época de la colonia posibilitaba a sus habitantes alcanzar con su trabajo el sustento para una buena alimentación.

“Los argentinos se destacan del resto de Latinoamérica porque su dieta está basada en gran parte por la proteína que les aporta la carne vacuna”. Otra frase que se escuchaba mucho en el exterior del país y que tenía algo de realidad cuando se veía, en otras épocas, a albañiles de obras en construcción preparar el almuerzo con carne de exportación que se servía en los mejores restaurantes del mundo.

La realidad hoy es distinta: el año pasado se registró el consumo de carne más bajo por habitante en un siglo. Según la Cámara de la Industria y Comercio de las Carnes, los argentinos consumimos durante 2020 un promedio de 49,7 kilos por habitante, apenas por encima de la marca más baja de 46,9 kilos que se consumían en 1920. En la década del 50 el consumo era casi el doble, unos 100 kilos por persona.

No es que falte carne en el país, cuya faena aumentó un 0,6 por ciento interanual, sino que buena parte se destina a la exportación y su valor en el mercado interno es prohibitivo para muchos. En 2020 el precio para el consumo minorista aumentó un 78 por ciento, lo que explica en parte el bajo consumo.

Pero no se trata sólo de la carne. El ministro de Desarrollo Social, Daniel Arroyo, admitió esta semana que el Estado asiste a unas diez millones de personas con dificultades alimentarias. “Se aumentaron las partidas en alimentos para cubrir las necesidades surgidas de la pandemia de coronavirus y ante el aumento de los precios”, explicó. Esto significa que de los 45 millones de habitantes, casi un 20 por ciento no puede alimentarse sin ayuda oficial, más allá de si integra el grupo de indigentes (10,5%) o pobres (42 %). Son cifras dramáticas para un país que produce alimentos para más de cien millones de personas, exporta cereales, oleaginosas y carnes por miles de millones de dólares, la mayoría desde los puertos de esta región.

El ministro Arroyo reafirmó esa contradicción: “Comer tiene que ser barato en la Argentina básicamente porque nosotros producimos alimentos”, pero reveló que en febrero el gobierno debió aumentar en un 50 por ciento el monto de la Tarjeta Alimentaria y en un porcentaje similar las partidas a los comedores y merenderos de todo el país porque “evidentemente el precio de los alimentos es el problema más grave”. A tal punto llega la dramática situación que se ha creado el Consejo Federal Argentina contra el Hambre, una organización que pretende mejorar la cobertura alimentaria, la calidad nutricional y la producción de alimentos.

Al resto del mundo pobre no le va tampoco muy bien. Según la Organización de las Naciones Unidad para la Alimentación y la Agricultura (FAO) el hambre a nivel mundial ha aumentado lentamente desde 2014 y se estima que aproximadamente 690 millones de personas adultas y niños padecen falta de alimentos, lo que equivale a un 8,9 por ciento de la población mundial. En los últimos cinco años se sumaron al grupo unas 60 millones de personas. Los países del África Subsahariana llevan la peor parte: tienen unas 235 millones de personas subalimentadas, cifra mucho más alta que la de Asia y el resto de África. En América Latina y el Caribe hay unas 48 millones de personas mal alimentadas, número que ha crecido en los últimos años. Por eso, la meta de la FAO, que pretende poner fin al hambre en el mundo para 2030, parece una quimera difícil de alcanzar.

La FAO explica así este fenómeno: “La desaceleración y el debilitamiento de la economía, especialmente desde la crisis financiera mundial de 2008 y 2009, han exacerbado la pobreza y la subalimentación. A pesar de los importantes progresos realizados en muchos de los países más pobres del mundo, casi el 10 por ciento de la población mundial sigue viviendo con 1,90 dólar al día o menos. Las grandes desigualdades en la distribución de los ingresos, los activos y los recursos, junto con la ausencia de políticas de protección social eficaces, debilitan el acceso a los alimentos, sobre todo para las personas pobres y vulnerables”, sostiene la institución internacional.

Es evidente que la ayuda humanitaria en los países donde ni siquiera el Estado puede asistir a su población porque integran la categoría de “fallidos”, es decir aquellos que no pueden garantizar los servicios básicos como la alimentación, no es suficiente pese al esfuerzo de muchas organizaciones. En esas naciones la desnutrición y otras enfermedades evitables seguramente matan más que la actual pandemia. Sin embargo, la comida no es un elemento escaso en el mundo como las vacunas contra el coronavirus. Y eso es indignante.

La falta de alimentos tampoco es el caso de nuestro país, que produce de sobra para su población a la que, increíblemente, el Estado tiene que asistir para alimentarse porque no llegan a todos.

La Argentina no es un Estado “fallido”, no transita por una guerra civil, cuenta con recursos naturales inmejorables, un mar interminable y las tierras más fértiles del mundo. Tiene profesionales de prestigio en todos los campos de la ciencia, la educación, la cultura y el deporte. No tiene todavía vacunas para todos, como la mayoría de los países, pero sí la posibilidad de erradicar el hambre y la pobreza que, lejos de disminuir, crecen desde hace décadas. Pero para el hambre sí “hay vacunas” y están disponibles. Entonces, ¿por qué no todos pueden alcanzarlas?

La explicación de este fenómeno la dejo para el análisis y conclusión del lector.

Fuente:La Capital

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