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20 de julio de 2020

"El plasma de los pacientes que se recuperaron se desarrolló acá nomás"

Oscar Bottasso es el médico rosarino que dirige el Instituto de Inmunología Clínica y Experimental de Rosario. Recuerda a Julio Maiztegui, quien consolidó esa técnica, y con quien trabajó en Pergamino

Domingo 19 de Julio de 2020

La provincia de Santa Fe fue una de las elegidas por el Ministerio de Salud de la Nación para obtener plasma sanguíneo de personas que hayan tenido Covid-19 y ya estén recuperadas. Hay 150 voluntarios registrados. Esas donaciones, supervisadas por el Cudaio, son destinadas a un tratamiento experimental que se aplica en personas que están graves o con pronóstico reservado, pero que también se está probando en pacientes con formas menos severas de la infección. El plasma de pacientes recuperados es una técnica que se perfeccionó muy cerca de Rosario, en Pergamino, de la mano del médico Julio Maiztegui.

   El método, ahora aplicado en personas con coronavirus, se está usando en la Argentina en unos 70 pacientes por semana y los primeros resultados son alentadores, aunque no funciona de la misma manera en todos los contagiados a los que se les aplica.

   China lo puso en marcha allá por principios de febrero. La Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA) lo autorizó y lo evalúa como un tratamiento prometedor.

   Si bien se trata de una opción terapéutica experimental (incluida en distintos ensayos clínicos), “el plasma de pacientes recuperados es una esperanza que fue perfilada muy cerca de Rosario, lo que no deberíamos olvidar”, dice el médico e investigador Oscar Bottasso, quien siendo un joven profesional, curioso y emprendedor, se acercó a Maiztegui durante un congreso y le propuso trabajar juntos, algo que consiguió y que fue la puerta de entrada a los mejores caminos por los que lo llevó su carrera.

   Bottasso, que viene dirigiendo el Instituto de Inmunología Clínica y Experimental de Rosario, es además profesor universitario y tiene más de 150 publicaciones en revistas científicas internacionales. Recorrió el mundo aprendiendo e intercambiando sus conocimientos.

   Habló con La Capital sobre los posibles efectos de este tratamiento que buscar revertir los daños provocados por el nuevo coronavirus y se detuvo especialmente en dos personas sin las cuales la posibilidad de salvar vidas en el mundo entero con esta técnica hubiese sido imposible: Rodolfo Arribálzaga, médico de Bragado, quien describió hace más de 65 años lo que después se denominó fiebre hemorrágica argentina, y por supuesto, Julio Maiztegui, quien aplicó a aquellos enfermos el plasma de convalencientes (vale decir de pacientes recuperados) y dejó a la humanidad la posibilidad de contar con un recurso que ha sido utilizado en distintas enfermedades, y que ahora puede ser de ayuda en plena pandemia del coronavirus.

   —¿Vamos a lo comienzos del uso de esta técnica?

—Los inicios se remontan a 1890. Un médico alemán, de apellido von Berhing, que recibió el Nobel de Medicina, había efectuado estudios experimentales, parte de ellos con el doctor Kitasato. Sus experimentos posibilitaron en primera instancia proteger a los animales del tétanos y posteriormente de la difteria, dos enfermedades de alta letalidad.

   El trabajo consistía en inmunizar conejos con un cultivo que contenía bacilos tetánicos virulentos. Tras ello se procedía a recoger sangre de la arteria carótida e inyectarla en la cavidad abdominal de los ratones, que a su vez habían recibido bacilos de tétanos, y determinar si 24 horas después el procedimiento se lograba la protección. Así se demostró que la sangre de los conejos inmunes neutralizaba la toxina tetánica, y que dicha propiedad también era conferida por el suero libre de células. Muy poco después, Von Behring comprueba que este mismo procedimiento protegía de la difeteria a los cobayos. Avanzando en la idea de un tratamiento “antitoxinas” unos años después se empezó a utilizar el suero de mamíferos más grandes (fundamentalmente caballos inmunizados) para tratar personas con difteria o tétanos, con muy buenos resultados. Se abrió así la enorme posibilidad de poder proteger a alguien infectado por un determinado microorganismo gracias al plasma o el suero de un paciente recuperado.

   —¿Cómo avanzó ese desarrollo la Argentina, país que años después tuvo tanto protagonismo?

   — Los científicos que trabajaron posteriormente en estos temas descubrieron, primero, que ese suero antitóxico era útil durante un tiempo determinado. Que no todas las personas recuperadas tenían suficientes anticuerpos para transmitirle al receptor enfermo, y que la persistencia de anticuerpos efectivos podía variar de meses a varios años.

   — A fines de 1950 algunas zonas de nuestro país, especialmente la nuestra, se vieron azotadas por un virus que podía ocasionar un 30% de mortalidad entre los afectados. Y es así que entra en juego Julio Maiztegui.

   — Para hablar de lo que hizo Julio, con quien tuve el placer de realizar un trabajo conjunto, hay que mencionar primero a Rodolfo Arribálzaga, un médico de Bragado, provincia de Buenos Aires, nacido en 1913, que cursó los estudios secundarios en el Colegio Nacional de esa localidad y que luego fue a estudiar medicina a Buenos Aires. No tuvo una vida económicamente holgada ni mucho menos, pero pudo ser con su esfuerzo un alumno ejemplar. Cuando corrían los años 50 una “extraña enfermedad” comenzó a afectar a personas de la región (para entonces Rodolfo se había casado y había vuelto a Bragado donde tenía su consultorio). La dolencia se presentaba particularmente entre quienes habitaban en zonas rurales. Se hablaba de una fiebre, de gripe italiana, se pensaba que era fiebre amarilla, hepatitis, que era lo que se conocía por entonces. Pero a Rodolfo no le cerraba.

   Su pasión por la medicina y por las personas hizo que visitara a muchísimos pacientes y que intentara encontrar una explicación a eso que veía. Hasta llegó a hacer una autopsia donde constató que la persona con este extraño mal tenía múltiples hemorragias internas. El empuje y la curiosidad de este médico hizo que a principios de 1958 se habilite en un hospital de Junín un área para estudiar a fondo a estos pacientes, e intentar saber qué pasaba. Se aísla el virus, al que le llaman justamente Junín, y unos 15 años después se empieza a trabajar con plasma de pacientes recuperados, con éxito. Pero todo ese camino inicial se lo debemos a Rodolfo Arribálzaga, que ha sido un gran olvidado en nuestra historia. Después, ya más conocido por todos, pero aún así, ignorado hoy en muchos lugares del mundo y a veces en su propio país, comienza a cobrar protagonismo Julio Maiztegui, un infectólogo de Pergamino. Fue precisamente él, quien empezó a probar en enfermos de fiebre hemorrágica argentina el plasma de pacientes que se habían recuperado. A principios de los años 90 llevó adelante el estudio sobre la vacuna para esta enfermedad, la cual resultó ser muy efectiva.

   —Y Ud. tuvo el placer de trabajar con él.

  —Tuve la enorme suerte de conocerlo y que me permitiera concurrir a su centro en Pergamino durante el año 1987. Había tomado contacto con él unos años antes en una reunión de la Sociedad Argentina de Investigación Clínica. Ya eran muy conocidos sus logros y los de su grupo en Pergamino como así también la puesta en marcha de una técnica que permitía determinar el nivel de anticuerpos neutralizantes ¿Qué es esto? Bueno, en la investigación hay mucho de ensayo y error. Julio y su equipo desarrollaban por entonces un procedimiento para medir la cantidad de anticuerpos efectivos (capaces de neutralizar al virus) que circulaban en la sangre del paciente recuperado, lo que se llama titulación de anticuerpos. De ese modo uno podía ubicar los mejores donantes lo cual obviamente permitía obtener los mejores resultados, en el sentido de proteger al enfermo que estaba cursando la fiebre hemorrágica.

   —¿Cómo trabajó con Maiztegui y qué influencia tuvo en su carrera profesional?

   —Yo concurría al Hospital Carrasco, en ese entonces al servicio de Leprología, y también realizaba mis investigaciones en lo que por esos años era el Instituto de Inmunología de la Facultad de Ciencias Médicas. El grupo del doctor Maiztegui estaba estudiando los niveles de interferón (una proteína con acción antiviral e inmunológica) en la sangre de los pacientes con Fiebre Hemorrágica Argentina, en colaboración con un laboratorio francés. Estaba muy interesado en efectuar esas mediciones en pacientes de Lepra y fue así como decidimos llevar adelante la investigación. Después de un año presentamos los resultados en una importante reunión anual en 1988. En esa reunión estaban presentes dos investigadores del Instituto Curie de París que habían desarrollado el interferón gama y eran grandes expertos internacionales en el tema, en realidad un matrimonio integrado por Rebeca y Ernesto Falcoff. Julio me invita a que vayamos a almorzar con los Falcoff y allí tomé contacto con ellos. Un par de excelentes investigadores con una eximia carrera, que resultaron ser rosarinos emigrados (por no decir expulsados) a mediados de los años 60. En aquel restaurante de Mar del Plata se dio el puntapié para una colaboración científica entre ambos laboratorios. Unos años después efectué una estancia en el Instituto que ellos dirigían y tras eso sobrevinieron muchos más proyectos gracias a convenios internacionales que facilitaron los recursos y el traslado de investigadores. Podría decirse que aquel encuentro de 1988 fue providencial, no solo en el terreno científico, sino el personal. Los Falcoff eran excelentes personas y se selló una amistad de la cual perdura mi mejor recuerdo.

   — ¿Qué mirada tiene sobre lo que se está haciendo hoy con plasma de pacientes recuperados?

   — Ya hay estudios alentadores en Estados Unidos y en China. La protección es buena. En meses seguramente contaremos con buenos ensayos clínicos que nos brinden una idea más adecuada de su eficacia. Es un método bastante eficiente y sencillo porque los anticuerpos logran unirse, pegarse, a una especie de “coronita” o espiga que tiene el virus, y de ese modo el virus no consigue introducirse a la célula. Digamos que le bloquean el “negocio” al virus de seguir entrando y entrando a nuestras células que es donde precisamente se replica. Lo que se vendrá en el corto, mediano plazo, es trabajar muy a fondo en la titulación de los anticuerpos, de esto aún no conocemos demasiado. ¿Cuáles serán los donantes con mayores niveles de anticuerpos neutralizantes? ¿Cuánto tiempo permanecen esos anticuerpos: meses, años? Es necesario hacer un muy buen aprovisionamiento de plasma. De paso también se podrá ver qué pasa por ejemplo con los asintomáticos, si es que tienen o no niveles adecuados de anticuerpos y si entre los mismos hay una buena cantidad de neutralizantes. Por el poco tiempo que hace que conocemos a este virus, aún hay un largo camino que recorrer pero sin dudas es una esperanza, y esa esperanza se gestó acá nomás.

 

fuente: la capital

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