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OPINIÓN

12 de abril de 2020

La humanidad lucha contra la muerte

Nada nuevo: lo hace siempre, todos los días. Salvo que ahora la intensidad y escala de esa lucha es monumental y planetaria. El trasfondo último de este fenómeno es el afán, tan humano, de salvar todas las vidas posibles, aún las más frágiles y en su etapa final.

Viernes 10 de Abril de 2020

La humanidad está luchando contra una enfermedad. Nada nuevo: lo hace siempre, todos los días. Salvo que ahora la intensidad y escala de esa lucha es monumental y planetaria. El trasfondo último de este fenómeno es el afán, tan humano, de salvar todas las vidas posibles, aún las más frágiles y en su etapa final.

La Humanidad está luchando por estos días contra la muerte, empecinadamente y contra todo cálculo de beneficios. ¿De dónde sale esta fuerza? No de la naturaleza, que hace lo que la biología evolutiva nos enseña: trabaja en la continua adaptación por vía de la presión de la selección natural, en el descarte impiadoso de los menos adaptados, en la supervivencia de los más aptos.

La lucha contra Covid-19 es su antítesis, como toda la civilización, una rebelión contra el accionar ciego de la Naturaleza, de la biología. En este caso, el agente de la muerte es un virus, que mata como pocos. La civilización humana enfrenta a estas fuerzas naturales con su mejor instrumento: la ciencia y su rama aplicada a la preservación de la vida, la Medicina. Que están en constante progreso. Baste pensar el holocausto que hubiera causado el Sars-Cov-2 hace un siglo, cuando el virus de la gripe (H1N1), algo más benigno, mató entre 50 y 100 millones de personas.

La civilización es así, una rebelión contra la muerte, que es un instrumento de la selección natural, de la Naturaleza. La biología en su avance permanente y ciego, necesita de la muerte para renovar rápidamente las generaciones, que de ese modo enfrentan con más eficacia los cambios que se han producido en su medio ambiente, en su hábitat.

Es el mecanismo universal de evolución por selección, es decir, por presión adaptativa, que crea la variedad maravillosa de la vida, sus cientos de miles de especies. Pero esa multitud de seres adaptados casi perfectamente a su ambiente tiene un costo: los individuos se sacrifican continuamente, masivamente, no tienen más valor que ser portadores del genoma de la especie y cumplir sus órdenes.

Más evidente en los invertebrados, este principio también funciona en las especies más evolucionadas. La civilización humana ha interrumpido ese proceso implacable y cruel mediante la Medicina. La pandemia nos recuerda que en Europa, Japón y muchos otros países incluida la Argentina, existen muchos ancianos, muchos viejos. Muchos más que hace apenas unas décadas. Que tienen en general una vida digna gracias a esos enormes avances de la ciencia y de una economía que puede solventar esas inversiones y esos gastos.

Es precisamente en este punto donde hoy se dan tensiones entre quienes ven peligrar la economía y quienes dan prioridad absoluta a combatir la pandemia. Los países desarrollados están en mucha mejor situación que los subdesarrollados, como es obvio: basta revisar las medidas de amortización que toman en la Unión Europea, por cientos de miles de millones de euros en cada país, imposibles de replicar en la pobre Argentina.

Pero ese es otro asunto, aquí interesa lo de fondo: la Humanidad es tal porque se empeña en negar la acción ciega, aleatoria y a la vez sistemática, nunca finalista, teleológica, o sobrenatural, de la Naturaleza, que tiene una enorme capacidad de "diseño" mediante la evolución por selección natural y de su "brazo armado", la muerte, que se ceba en los más débiles. El virus es uno de sus instrumentos.

Desde un punto de vista frío, eugenésico, lo que se hace por estos días es una locura: ¿qué sentido tiene paralizar la vida económica, gastar fortunas en servicios de salud carísimos, poner en riesgo a individuos jóvenes -el personal sanitario- para salvar a individuos ya improductivos porque son viejos? Es por estas decisiones "irracionales", contrarias al cálculo de costos y beneficios y sobre todo a la naturaleza misma, que somos humanos y no nazis o alguna monstruosidad similar.

fuente: la capital

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