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ROSARIO

18 de febrero de 2018

Un grupo de rosarinos cruzó los Andes en bicicleta por el Paso Las Damas

Es la primera vez que se realiza la expedición, que recorrió 165 kilómetros por la cordillera, en tres jornadas agotadoras.

Para los argentinos, el cruce de los Andes es especial. No sólo es una aventura, que ubica al hombre en su verdadera magnitud frente a la naturaleza, sino también un homenaje a la epopeya que, allá lejos y hace tiempo, emprendió San Martín y un ejército de valientes con la loca idea de liberar al continente de la dominación realista. Una historia que se aprende de chico, en la primaria, y se lleva en el corazón toda la vida. Por eso el puñado de rosarinos que se animó a atravesar la cordillera, por primera vez por el Paso Las Damas y en bicicleta, llegó al hito que, en medio de las montañas indómitas, marca el límite entre la Argentina y Chile, cantando el Himno Nacional Argentino, con la voz quebrada por el cansancio y la emoción, pero más con el orgullo de haber llegado tan alto y tan lejos como los patriotas en aquellos tiempos de sangre y fuego. Arroyos. Sólo paraban para cruzar los cursos de agua. Arroyos. Sólo paraban para cruzar los cursos de agua. De los 31 ciclistas que cumplieron la hazaña, 19 nacieron y aprendieron a andar en bicicleta en el sur de la provincia de Santa Fe y, entre ellos, 16 son rosarinos. Empresarios, profesionales, trabajadores, estudiantes y hasta un cura, el padre Gustavo Sánchez, de la parroquia Nuestra Señora de la Salud, de barrio Triángulo Moderno, acometieron la empresa con más ganas que entrenamiento, y llegaron a la meta. Fueron 165 kilómetros por caminos que, hasta hace dos años, solamente los puesteros conocían con algo de precisión y que permiten acceder a parajes realmente de ensueño donde reina el silencio y la montaña, con inesperados cambios de ánimo, impone su ley. Se superan los 3.000 metros sobre el nivel del mar, lo que obliga a trepadas épicas y regala, en un mismo acto, bajadas vertiginosas en las que el más mínimo error puede ser fatal. Arrancaron desde el centro de sky de Las Leñas, que en verano, sin el manto blanco de la nieve, luce desnudo, irreconocible, y llegaron después de 45 kilómetros de ascenso lento y farragoso hasta La Quesera, un viejo refugio de montaña, ubicado a unos 7 kilómetros del lugar donde quedó el avión de los uruguayos. En ese lugar, a orillas de un riacho cristalino y correntoso, montaron el primer y único campamento de la travesía. A la mañana siguiente, cuando empezó a calentar el sol, volvieron a montar las bicicletas y pedalear esforzadamente hasta alcanzar el lugar donde una placa de bronce señala que se llegó a la frontera entre la Argentina y Chile. Ahí se levanta un monumento donde dos gauchos con ponchos y sombreros de ala ancha alzan los mástiles de las banderas de ambos países y que solamente los intrépidos que llegan a verlo aprovechan para sacarse fotos. De ahí en más todo es descenso, lo que no es menos dificultoso que las subidas, porque en caminos de jalonados por piedras y ripio cuesta mantener el equilibrio, sobre todo cuando se alcanzan velocidades por encima de los 45 kilómetros por hora. Sólo se para en función de cruzar los arroyos que, en la cordillera, aunque luzcan inofensivos son traicioneros, porque se enardecen cuando, después del mediodía, bajan tumultuosas las aguas del deshielo. "En estos desafíos extremos y cuando uno depende de la naturaleza, que suele ser caprichosa, hay momentos en los que las cosas no salen como uno las planea y hay que improvisar, si se quiere salir adelante", comentó Hugo Garbuio, guía de la expedición, que pedaleó codo a codo con el grupo y encabezó junto a Fabián Ezquerro el equipo de apoyo que acompañó, ayudó y alentó a los ciclistas en los momentos difíciles del viaje. La segunda jornada fue la más accidentada, uno de los vehículos de apoyo, una 4 por 4 robusta, se quedó al intentar cruzar un arroyo que bajaba endemoniado de las montañas. Más tarde, cuando estaban a punto de llegar a las Termas del Flaco, a donde estaba previsto que hicieran noche, otro río indómito, el Tinguirica, creció de golpe y lo tuvieron que cruzar en grupos de seis, en una retroexcavadora que milagrosamente llegó al lugar. "Fue mucho más duro de lo que esperaba, mucho más, había momentos en los que faltaba el aire o las piernas no respondían, pero lo resistimos bien, con fuerza y cabeza, que es lo más importante", confesó Fernando Noguerol, empresario rosarino que se sumó al cruce sin saber a ciencia cierta en qué se metía y que lo terminó feliz. "El aliento y la ayuda de los muchachos fue clave para que no nos caigamos, el espíritu del grupo", añadió. La llegada a San Fernando, en Chile, después de 75 km de bajada, fue emocionante. No faltaron las risas, los abrazos, las lágrimas, una bandera celeste y blanca atada al cuello como si fuera una capa de superhéroe, y el grito fuerte de "¡Argentina, Argentina!", como en la cancha, cuando juega la selección. Después hubo que cargar las bicicletas, los bolsos, los recuerdos y volver al mundo real. La verdadera hazaña. Expedicionarios El grupo estuvo integrado por 31 ciclistas, de los cuales 19 son del sur de la provincia de Santa Fe. Los rosarinos son Marcela y Angel Cerrano, Morena Pardo, Mercedes Bollea, Silvia Núñez, Carlos Gennaro, Marina Gryciuk, Diego Cillero, Gustavo Sánchez, Pedro, Lucas y Juan Nieva, Fernando Noguerol, Luis y Franco Del Re y Ricardo Luque. A ellos se les sumaron Marcos Cantori y Eduardo Cantoia, de Cañada de Gómez y Alberto Bertolini, de Chabás. Fuente: La Capital

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