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OPINIÓN

23 de enero de 2026

Despacito, despacito: el Banco Central hace un montoncito

Despacito, despacito: el Banco Central hace un montoncito

Despacito, despacito. Como la canción del verano, así avanza la estrategia económica de Toto Caputo, de Santiago Bausili en el Banco Central y, en definitiva, de Javier Milei. Sin golpes de efecto, sin anuncios grandilocuentes, pero con un dato que no pasa inadvertido: ayer el Banco Central compró 107 millones de dólares y las reservas alcanzaron los 45 mil millones, el nivel más alto desde 2021.

No es un número menor. Subir las reservas es una condición básica para darle algo de musculatura al peso argentino y, sobre todo, para intentar que baje el riesgo país. Sin reservas no hay normalización financiera posible, no hay relación ordenada con los acreedores ni chances reales de volver al mercado en condiciones razonables. En ese sentido, el dato es una buena noticia para el Gobierno.

A ese resultado contribuyó también un factor externo: la suba del precio del oro. Como el Banco Central tiene parte de sus activos en ese metal, su valuación en dólares creció y empujó hacia arriba el total de reservas. No es mérito puro de la política económica, pero suma. Y en este contexto, todo suma.

Lo más llamativo es que en lo que va del mes el Central ya compró unos 800 millones de dólares en un período tradicionalmente flojo de liquidaciones del agro. Eso le agrega un punto extra de mérito al resultado. El problema, como siempre en la Argentina, está en el "cómo" y en el "hasta cuándo".

Cada dólar que compra el Banco Central se paga con pesos. Y ahí aparece el margen estrechísimo por el que camina el Gobierno. Emitir pesos para comprar dólares puede recalentar la inflación —que ya mostró señales preocupantes en diciembre— y también puede presionar sobre el tipo de cambio. Más pesos en la economía, si no hay demanda genuina, terminan empujando al dólar. Y si el dólar mayorista se va al techo de la banda, el Central deja de comprar y pasa a vender. Exactamente lo contrario de lo que hoy está celebrando.

Ese es el equilibrio frágil: comprar reservas sin desordenar precios ni tipo de cambio. Un mecanismo de relojería fina, delicadísima, que no admite errores gruesos.

¿De qué depende que este ritmo se sostenga? De algo tan simple y tan difícil como el crecimiento económico. Si la economía crece, necesita más pesos para funcionar. Y si necesita más pesos, el público los acepta sin que eso se traduzca automáticamente en inflación o en una corrida al dólar. Si no crece, la alternativa es mantener tasas altísimas para absorber pesos y evitar que se vayan al dólar. Pero tasas altas también ahogan la actividad y cierran el círculo vicioso.

Milei volvió a explicarlo en Davos. Defendió el esquema de bandas cambiarias y dejó claro que la flotación libre del dólar no está a la vuelta de la esquina. Antes, dice el Gobierno, hay que limpiar el sobrante monetario heredado de años de inflación. Pesos que hoy están “congelados” en instrumentos del Estado, no porque se necesiten para financiar el gasto —hay superávit— sino para que no circulen. Es una deuda monetaria cuyo desarme tiene que ser lento, acompasado por el crecimiento.

Despacito, entonces. No por capricho ni por estética, sino porque cualquier paso más largo que la pierna puede hacer volar por el aire el esquema. El Gobierno apuesta a que la economía empiece a moverse, que absorba pesos, que permita seguir comprando dólares y que, con el tiempo, solidifique esta frágil estabilidad. No es épico, no es instantáneo. Es, como la canción, pegadizo pero repetitivo. Y, sobre todo, exige paciencia. Mucha paciencia.

Fuente: Cadena 3

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