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PANDEMIA

21 de junio de 2021

Las historias mínimas que deja la pandemia contadas en primera persona

Experiencias que parecen intrascendentes pero son las de muchos. La necesidad de la escucha, como denominador común

Siempre quedan en la marea provocada por la pandemia de Covid-19 relatos que a primera vista pasan por intrascendentes. Ese paciente positivo que cursa la enfermedad sin dificultades, pero no sin miedo y al que ni el Estado ni la salud privada llegan para acompañar y siente el desamparo. Ese trabajador de la la salud que no está en la llamada “trinchera” de las terapias intensivas, pero que desde hace más de 15 meses escucha, atiende y acompaña detrás de barbijo y máscara. Esa piba sensible a la soledad de los otros y que ante la tristeza que muchos transitan entre aislamientos y distanciamiento necesarios para cuidar la salud física busca tender redes y hacer algo de compañía, nada menos. Historias chiquitas que bien vale la pena rescatar en primera persona donde la necesidad de escucha aparece como denominador común.

“A mí no me llamó nadie, nadie me contactó y nadie me siguió”, escribió Pablo Bussano cuando leyó que más de 400 llamadores de la Secretaría de Salud Pública la ciudad hacían el acompañamiento telefónico de unas 8 mil personas contagiadas en el marco de la segunda ola para finales de mayo.

Con un stend por problemas cardíacos y apenas un síntoma compatible con coronavirus, el contador tuvo miedo. "Aproveché que tenía que hacerme un control y me hisopé; me dio indeterminado, lo repetí y dio positivo", contó el hombre, que más tarde supo que su pareja también se había infectado.

"Uno lee y escucha mil cosas y no hay forma de no atemorizarte aunque no tengas síntomas agresivos. La pasé como una gripe, pero eso lo sé ahora, ahí no sabía qué podía pasar", admite y cuenta que sin desconocer los canales de comunicación que ofrece el Estado, se comunicó al 0800-555-6549 del Ministerio de Salud.

“Tardaron 40 minutos en atenderme, no me sentí acompañado, sino todo lo contrario. Volví a llamar cuando le dio positivo a mi pareja, no tenían ningún registro de mi caso; nunca nos volvieron a llamar y yo tuve que tramitarme el alta porque quedaron en enviármela y nunca lo hicieron".

Si bien aclara que más allá de la diversidad de las experiencias, ese 80 por ciento de la población que transita cuadros considerados leves para las estadísticas, se apoya "en el médico conocido y amigo" ante el miedo. "Uno se siente desprotegido, es eso, desprotección", afirma.

La mujer que escucha

Hace más de 25 años que Angela Zalazar es empleada municipal, un derrotero que comenzó en el Sies y en el Vilela y que con mucha paciencia le permitió llegar al Hospital Roque Sáenz Peña, el de su barrio. Siempre en atención al público. "Pasé por todos los puestos", dice y quizá por eso en su casa le dicen "la mujer que escucha".

Es que Angela, a quien amorosamente todos llaman "La Negra", es parte de esos equipos que no transitaron los últimos 15 meses en las terapias, haciendo hisopados y guardias, atendiendo cuadros febriles o vacunando. Sin embargo, el área de auditorías del hospital donde está ahora es parte del engranaje que le permite a los pacientes acceder a estudios de mediana y alta complejidad e incluso al oxígeno que reciben quienes pasan por allí con cuadros de Covid-19.

"Lo más difícil es que empezás a tener miedo del otro, del que te trae el papel, de ese otro con el que tenés que charlar", señala sobre las dificultades de comunicarse detrás de barbijo y máscara y sobre todo, "sin poder hacer pasar a la gente, sin poder apoyarle ni siquiera una mano en el hombro”.

“Los pacientes que llegan son gente que viene con cuestiones muy personales, patologías que no son las mejores y que muchas veces tienen que hablar de cuestiones íntimas, con angustias que ameritan atención y a todo eso se suma la angustia de la distancia, que nos obliga a atenderlos desde la puerta y parados", relata.

Hermanos y parejas de enfermos de Covid, padres o madres, también las parejas pasan por ahí. "Son familiares de pacientes que muchas veces deben derivarse al Heca o al Carrasco", afirma.

A eso se suman las pérdidas propias. De los compañeros, como el enfermero que pese a estar vacunado falleció tras atravesar un cuadro agravado por comorbilidades. “Lo peor de eso es no poder abrazar al otro", dice Angela, que una de las cosas que más le gusta es abrazar.

"Nunca pasé una situación como ésta", dice Angela y admite "el miedo de llevar el virus a casa”. Su refugio, cuenta, la lectura y la escritura, un espacio que transita desde hace cinco años a través de un taller y que le permitió redoblar la apuesta. "Entre todo lo malo aparece lo bueno, que es la virtualidad que me permitió comenzar el profesorado en Lengua y Literatura, un deseo de hace mucho tiempo", señala.

Amigos en pandemia

Nazarena Galantini no deja de mirar a su alrededor. Lo hace como militante por la emergencia en el marco de la violencia de género, esa que tiene a mujeres y personas LGTBIQ+ como víctimas. La pandemia, las angustias y los desamparos de quienes deben transitar restricciones y aislamientos, tampoco le fueron indiferentes y no se pudo quedar quieta. El sábado pasado organizó el primer desayuno virtual de "Amigos en pandemia", un grupo que se fue gestando para acompañarse en el confinamiento.

“La idea es ayudarnos en un contexto tan difícil, donde la incertidumbre, la transformación de las formas de relacionarnos y la falta de espacios de encuentros dejan huella en el estado de ánimo de muchos que lo transitan en soledad o perdieron seres queridos", cuenta la joven.

A través del servicio de mensajería de WhatsApp y su propio teléfono (341-6830275) se fue tejiendo la red de ese primer encuentro que intentará repetirse con cierta periodicidad. "Estamos abiertos a todo aquél o aquella que quiera sumarse", dice abriendo las puertas.

Fuente:La Capital

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