OPINIÓN
21 de julio de 2026
El mejor Mundial del mundo mundial
Argentina terminó segunda. Perdió una final. Sin embargo, salió a festejar. Y tal vez allí se encuentre la explicación de por qué este fue, aun sin la cuarta estrella, el mejor Mundial del mundo mundial | Por Adrián Simioni.
La Selección no levantó la Copa, pero dejó algo acaso más profundo: la posibilidad de celebrar, reconocerse en un equipo y recuperar durante cinco semanas una identidad compartida.
Argentina terminó segunda. Perdió una final. Sin embargo, salió a festejar. Y tal vez allí se encuentre la explicación de por qué este fue, aun sin la cuarta estrella, el mejor Mundial del mundo mundial.
La frase es exagerada, redundante y deliberadamente provocadora. Pero también sirve para describir una competencia que durante cinco semanas reunió a familias y amigos, alimentó discusiones, multiplicó bromas y convirtió cada partido en un acontecimiento colectivo.
Esta vez, además, la pasión pareció transitar por un lugar diferente. Hubo orgullo nacional, pero sin aquel chauvinismo que necesita degradar a los demás para compensar frustraciones propias. No nos sentimos mejores: simplemente nos reconocimos como nosotros.
Tampoco prosperaron la grieta ni los intentos de apropiación partidaria. Hubo sectores que buscaron relativizar los méritos de la Selección, pero sus discursos quedaron reducidos a expresiones marginales. La camiseta funcionó, durante un rato, como un territorio común.
Ni siquiera encontraron demasiado espacio las teorías conspirativas. La derrota no fue atribuida a poderes ocultos ni a una supuesta operación internacional contra Argentina. Incluso las acusaciones de que el equipo era favorecido fueron respondidas mayormente con ironía, videos y humor.
Algo parecido ocurrió con las discusiones importadas sobre la conformación racial del plantel. El país conoce sus problemas de exclusión, discriminación y prejuicios, pero también sabe que responden a una historia distinta de la estadounidense o la europea. Argentina sigue construyendo una identidad propia, cada vez más mezclada, que ya no se define exclusivamente por el origen italiano, español, alemán, indígena o boliviano de sus habitantes.
También se sumaron los "contreras" de siempre. Aquellos que suelen incomodarse ante cualquier manifestación multitudinaria de orgullo nacional no encontraron esta vez un exceso contra el cual reaccionar. Quizás festejaron con pudor, casi en secreto, pero terminaron formando parte de la celebración.
Porque lo que Argentina festejó no fue solamente fútbol. Probablemente hubo más personas en las calles celebrando el subcampeonato que españoles festejando el título. Desde afuera puede resultar incomprensible, pero la Selección volvió a representar algo que desborda un resultado deportivo.
Durante el torneo vimos un equipo unido, solidario y dispuesto al esfuerzo. Una pasión alegre, una camiseta defendida sin violencia y un grupo en el que las figuras fueron protegidas por sus compañeros. Lionel Messi pudo administrar sus energías porque otros diez estuvieron dispuestos a correr por él, sin reproches y con afecto.
Esa Selección funcionó como un espejo. Por momentos, los argentinos nos vimos como nos gustaría ser: compañeros, generosos, perseverantes y comprometidos con un objetivo común. Conviene conservar esa imagen porque, además de mostrar lo que somos capaces de hacer, señala aquello que queremos llegar a ser.
El mensaje trascendió a los finalistas. Después de consagrarse, el entrenador de España, Luis de la Fuente, habló con orgullo de una generación fiel a una idea y destacó al grupo, al equipo y a la familia. Podrían haber sido palabras de Lionel Scaloni.
Allí parece estar una de las enseñanzas centrales de la competencia. El talento individual resulta indispensable, pero difícilmente alcance cuando existen peleas internas, reproches públicos y mensajes contradictorios. Inglaterra ofreció el ejemplo opuesto: antes de enfrentar a Argentina, una de sus figuras cuestionó públicamente al entrenador luego de haber sido criticada por él. El equipo quedó eliminado en semifinales.
España fue campeona y Argentina, subcampeona, pero ambas selecciones exhibieron una concepción parecida: primero el grupo, después los nombres propios.
Para un país acostumbrado al triunfalismo, aceptar con orgullo un segundo puesto tampoco es un detalle menor. Significa comprender que un proceso no puede juzgarse únicamente por una pelota que entra o sale en una final.
Argentina no consiguió la cuarta estrella, pero aprendió a valorar el recorrido. Celebró una ilusión, una manera de competir y una promesa colectiva. Por eso salió a las calles incluso después de perder.
Fue una fiesta que excedió al fútbol. Fue, sencillamente, Argentina. Los demás quizá no lo entenderían.
Fuente: Cadena 3